COLUMNA: SOFISMAS DE OCASIÓN “WILLA Y LA CHIMOLTRUFIA”

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Por Juan Ordorica (@juanordorica)

La voz articulada e impostada del nuevo Secretario de Educación Pública sonaba fuerte en la radio. Juan Alfonso Mejía López anunciaba la suspensión de clases para siete municipios por la cercanía del huracán Willa; incluía uno más: Culiacán.

Mejía López buscaba sortear el primer gran reto que le imponía el puesto, pero cometió una pifia. Los errores de comunicación del anterior secretario sobre la suspensión de clases fueron un dolor de cabeza para este gobierno. Se suponía que la llegada de un nuevo secretario los errores de comunicación se solucionarían. No fue así. La SEPYC, en voz de su secretario y respaldado por un boletín oficial volvió a las andadas. Una vez más la población de Culiacán quedó atrapada en medio de información cruzada. Unos minutos más tardes la SEPYC corrigió la plana y suspendió la suspensión de clases.

Para muchos, esto puede ser una nimiedad, error de principiantes o un error intrascendente. Esto no es así. Los errores de comunicación del gobierno del estado son una constante. Esos errores le siguen costando credibilidad… y hasta gobernabilidad. Son el síntoma de una enfermedad más grande: el desdén.

El gobierno del estado no sabe manejar las crisis. Se esconde. Se aterra. No han terminado de superar el escandalo de los colchones y se avientan una nueva. No son profesionales. La crisis colchonera inició desde la rapidez y laxitud por declarar. Funcionarios aseguraban y juraban desaforadamente que fueron donaciones; 24 horas después descubrieron su propia mentira. La prontitud les gana.

Un maestro de la escuela de economía nos decía que los micrófonos tienen el poder de embrutecer al más preparado. Tiene razón. Nuestros políticos se nublan constantemente frente a los micrófonos. Parece que un extraño ser maligno toma posesión de sus lenguas y no saben cómo detenerla. La chimoltrufia es su asesora de cabecera.

La comunicación social del gobierno del estado es obsoleta. No hay página institucional que no sea un altar virtual de vanagloria al titular en turno. No comunican nada, enaltecen el ego y desprecian la función pública. Hasta hace pocas semanas Protección Civil, y hoy la SEPYC, dan prioridad a la figura de sus tlatoanis de bolsillo. El huracán Willa comprobó una vez más la falta de profesionalismo en nuestras autoridades.

La comunicación necesita de tres elementos indiscutibles: Emisor, mensaje y receptor. El gobierno perdió la credibilidad como un emisor. No es confiable. Pocos están dispuestos a escuchar su voz; el mensaje casi siempre es confuso, banal o hueco; por supuesto, el receptor (la sociedad) queda atrapada en las tonterías institucionales. El pipeline está roto y no saben de qué manera reparar el camino comunicante.

El mundo moderno no deja espacios para pifias. Las declaraciones descuidadas alcanzan los rincones mas escondidos de una sociedad con una rapidez inusitada. Tal vez el gobierno ya no quiere aprender, no puede aprender o de plano no le interesa comunicar mejor. Como sociedad estamos indefensos antes los delirios de grandeza de políticos ególatras, las pifias de novatos y el desdén por hacernos llegar mensajes claros y, sobre todas las cosas… confiables. Ya no pedimos que dejen de publicar sus narrativas al ego desinflado, sólo pedimos algo de prudencia ante las catástrofes y crisis sociales. Que dejen por un momento la selfie, respiren profundo y hagan algo que requiere algo de esfuerzo: ¡PENSAR!

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