COLUMNA: SOFISMAS DE OCASIÓN “POBREZA Y POLÍTICA”

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Por Juan Ordorica (@juanordorica)

 

Casi desde los inicios independientes de nuestro país, la riqueza está asociada con la política. Durante el Siglo XIX, la oligarquía mexicana fue la encargada de manejar los destinos de la nación. No había muchas alternativas de crecimiento para la población. Los “empresarios” decimonónicos eran herederos de fortunas mineras, comerciantes o terratenientes. No había más.  El ejército, el clero y la política eran las únicas actividades que servían como escalera de movilidad entre la pobreza y la construcción de patrimonios personales. En muchas ocasiones estas tres actividades convergían para el control absoluto del país.

 

A principios del Siglo XX, con la Revolución Mexicana, la inequidad y las abismales brechas entre clases sociales propiciaron una guerra civil. En el papel, la lucha política parecía ser el fondo de la revuelta, pero en el hecho, era el repudio a la opulencia a costa de la casi esclavitud de buena parte de los mexicanos.

 

Aparentemente, los ganadores de la Revolución Mexicana fueron los representantes de las clases populares. Las antiguas familias de histórica alcurnia cedieron su paso a una nueva casta de familias revolucionarias. Estas gobernaron durante todo el Siglo XX. En ese régimen se propicio la idea que los políticos eran los representantes del pueblo. Era bien vista la riqueza de los políticos. Los empresarios eran el enemigo y los que abusaban de los ciudadanos. El gobierno era el defensor de los oprimidos; por lo tanto, tenía derecho a cualquier forma de retribución económica. Se lo habían ganado. Era lo justo. Un político rico siempre era preferible que un empresario poderoso. Los políticos venían del pueblo; los capitalistas nacían en cuna de oro.

 

En pleno Siglo XXI, la relación entre la riqueza y la política comenzó a cambiar. Los grandes excesos de la clase gobernante ya no fueron tolerados por los ciudadanos. Hubo un cambio de consciencia. Ser político se convirtió en sinónimo de corrupción. Poco o nada importaba que la construcción de un patrimonio fuera anterior a la participación en el servicio público. Cualquier político es corrupto y punto.

 

La relación entre los mexicanos y la riqueza sigue siendo controvertida. No la aceptamos. Si bien, se comprendió que los políticos no merecían enriquecerse a costa del erario, tampoco desapareció la percepción sobre la clase empresarial. El pueblo los sigue viendo con recelo, cualquier empresario con patrimonio. Eso sí, se admira al delincuente que trafica con la desgracia, la sangre y la vida de otros. La riqueza fuera de la ley es lo único que representa cierto grado de respeto para ciertos sectores de la población.

 

En México somos los campeones de la desmesura. En lugar de construir una sana relación entre actividades y riqueza preferimos demonizar cualquier ingreso superior a la línea de miseria. Nuestros políticos, con una retórica incendiaria, se están encargando de criminalizar la monitorización de las actividades. No tienen la capacidad de crear nuevas escaleras de movilidad social; por lo tanto, prefieren destruir el intento de superación ajeno. Nadie debe ser rico. La pobreza es democrática y para todos. Se empeñan en presumir quién es más pobre que otro. Ese es el nuevo discurso.

 

Los ciudadanos necesitamos dejar de preocuparnos que tan pobres son nuestros gobernantes. Es preferible exigirles que cumplan con sus deberes a estar aplaudiendo los nuevos trucos de miseria ficticia. Todos merecemos vivir mejor. Construir riqueza par todos es el reto más urgente de nuestra sociedad. Si seguimos idolatrando la pobreza, ese será nuestro destino.

 

 

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