Por Juan Ordorica (@juanordorica)

Su figura alta, morena, enjuta y mirada entre caída llaman la atención. El calor parece no afectarle demasiado. Entre luces rojas del semáforo de Bravo y Niños Héroes de la capital sinaloense, se desplaza lentamente. Unos cuantos gestos de cansancio y sumisión son suficientes para despertar la empatía de los conductores. Varios de ellos bajan sus cristales y depositan en las callosas manos mendigantes algunas monedas. Después de unas cuantas horas, el pedigüeño se refugia bajo las sombras de los árboles de la preparatoria central y cuenta con una amplia sonrisa el fruto de lastimas acumuladas.

Escenas de este tipo se repiten en cientos de cruceros por varias ciudades de Sinaloa. De un par de años a la fecha hemos visto cómo la migración se convierte en un nuevo problema para los centros urbanos de nuestros estados. Al principio, veíamos migrantes, muchos de ellos con sus familias, cerca de las vías del tren. Después comenzaron, con timidez, a posicionarse en los cruceros cercanos a las vías del tren. Con más seguridad, los migrantes exploraron los adentros de las ciudades y terminaron por alcanzar zonas muy alejadas de las áreas de influencia del ferrocarril.

Algunos dejaron pasar la locomotora y permanecieron por días extras en Sinaloa. Les gustó. Hoy son parte permanente del escenario urbano. Las organizaciones civiles de filantropía y religiosas fueron las primeras en atender la situación. Comenzaron por llevar comida y agua a los vagones del tren hasta contar con casas del migrante que les brinda espacios de descanso, higiene y alimentación. Casi todas estas casas ya se encuentran saturadas. Hasta el día de hoy las autoridades locales no han diseñado una política pública para resolver el problema o tener alternativas. Cierran los ojos o voltean para otro lado.

Poco queda de las conductas de los primeros migrantes. Aquellas aves de paso en busca del camino del Norte, se comienzan a quedar. Ya existen indicios de organizaciones dedicadas a la limosna como parte de una actividad económica informal. Los migrantes que antes dormían en la intemperie, parece que ya son huéspedes constantes de algunos hoteles en los centros de las ciudades. El incentivo para mantener esta actividad es muy alto.

Para muchos sinaloenses el tener migrantes de planta no es una idea que les agrada. Sobre todo, si consideramos que muchos de ellos no se quieren incorporar a la vida productiva de las localidades. El crimen organizado de un momento a otro va comenzar por emplear a estas personas o, peor aún, abusar de ellas.

Es el momento oportuno de trabajar en conjunto con la federación y aceptar que tenemos una dificultad. Estamos ante las primeras señales de un problema que nos puede explotar en la cara si no tenemos la prevención suficiente de atenderlo ahora que está en su etapa seminal. El problema es complejo. Requiere una participación activa de expertos y autoridades. Por lo pronto, como sociedad, tenemos que detener un poco nuestro espíritu altruista y no otorgar la limosna en monedas, lo que esas manos buscan. Una botella con agua y algo de comida puede ser ayuda igual de apreciada sin la tentación de invitarlos a convertir la lástima en un trabajo bien remunerado.

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