Antes, de algún modo,  podíamos prever el futuro. El mundo, efectivamente, era más previsible, más amigable en términos de lo que podía ocurrir. Hoy no es así, porque nuestra vida social y económica fue atrapada por la incertidumbre, por la zozobra, por el no saber qué va a pasar y porque, sobre todo en México, vivimos con el Jesús en la boca pensando incluso que luego de salir de nuestras casas no vamos a regresar vivos a ella. A ese grado.

Cada día que pasa, asistimos a acontecimientos inesperados que corren en nuestra contra,  y vemos desesperanzados como la violencia de toda índole, la desvergüenza, el cinismo y la desfachatez con la que se mueven los hombres del poder formal y real se impone.
En los ciudadanos hay la clara e innegable percepción que desde el Presidente de la República, a cuya imagen deteriorada se suma ahora la idea, cierta o no, de que protege a funcionarios y ex funcionarios delincuentes, hasta el más ínfimo funcionario municipal, se rigen bajo una conducta ominosa, alejada de cualquier principio constitucional, moral y ético cuando claramente derrochan y malversan nuestros impuestos; cuando claramente atropellan los derechos humanos y las garantías individuales de los ciudadanos con sus medidas recaudatorias y policiales y cuando claramente ellos lo deciden todo: Subir los precios de la gasolina, la electricidad, la canasta básica, las casetas de peaje; recortar el gasto en salud, educación e infraestructura para el desarrollo; devaluar el peso de frente al dólar, no aumentar el salario mínimo, pisotear al campo, la pesca y la ganadería, pero, además,  crear leyes que a los únicos que benefician es a los delincuentes.
Debería a los líderes de los partidos, a los legisladores, a los funcionarios judiciales y los hombres del poder ejecutivo, preocuparles que la gente piense que son una y la misma cosa; que son la casta dorada, la clase privilegiada y los que creen que por obra y gracia del Señor y de las leyes de la tierra, vinieron a este mundo para hacer lo que se les pegue la gana.
Por supuesto, también es indudable que hay dentro del poder funcionarios y líderes que están a favor de los intereses de la sociedad, pero desgraciadamente son los menos.
Es común escuchar entre los mexicanos que ya estamos hasta la madre de esto, pero hasta ahora nadie hace nada significativo. Y esto último,  ¿acaso está determinado por la falta de valentía, por la falta de valor civil y por la cobarde despreocupación de heredarle un mundo mejor a nuestros hijos? Si esto es así, el principal obstáculo para el cambio somos nosotros y, al mismo tiempo, los principales responsables de que nos sigan gobernando  justamente nuestros victimarios.

Parafraseando a Gandhi: Si muchos de los que elegimos para que nos gobiernen son ladrones, es que entonces nos sentimos bien representados.

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